TU HUELLA EN EL PLANETA

A veces no conviene decir: donde comen dos comen tres

 

 
 
A veces ocurre que se altera el entorno sin darnos cuenta. Por ejemplo: existe la historia de un tal Sir Edmund Hillary que viajó varias veces al Nepal a escalar el Everest en el año 1951, dijo: ¡qué lugar tan hermoso! Subieron por la larga y empinada ladera cruzando el denso bosque de pinos camino de Namche Bazar. La región entera aparecía intensamente verde. Debajo del pueblo se elevaban altísimas coníferas enmarcando los picos de nieve y hielo que se alineaban al otro lado del valle.
  Subimos hasta el monasterio Thyangboche, a 4.000 metros; estaba cubierto de bosques y rodeado de un anillo de magníficas montañas. Arribamos al pueblo de Pangboche, con su antiguo monasterio y sus altos y nudosos árboles de enebro. La mayoría de los enebros, a partir de allí, son arbustos, pero en algunos lugares aún formaban un bosque que proporcionaba una amplia provisión de leña. Entramos en el valle glaciar Khumbu, y el bosque desapareció, pero los arbustos verde oscuro de enebro aún cubrían las laderas y los yaks pastaban en la seca hierba. Era increíblemente bello y dramático.
  Repetí este mismo viaje unos 25 años después. El valle del río Dudh Kosi era aún muy bonito, pero el bosque había sido esquilmado de un modo lamentable por las hachas y las sierras mecánicas de los nepalíes, que habían cortado la madera para edificar. Los árboles de debajo de Namche Bazar habían quedado marcados por los grandes cuchillos de los porteadores nepalíes, que recogían ramas y cortezas para leña y gomas para hacer antorchas y encender fogatas. Los bosques en entorno a Thyangboche habían perdido muchos de sus enormes árboles, y la zona de Pangboche estaba casi pelada. En el valle del glaciar Khumbu apenas se veían enebros.
  ¿Qué había ocurrido para que se produjera tal transformación? Nuestra escalada al Everest atrajo a alpinistas de muchas naciones ansiosos de coronar el techo del mundo.
  El combustible para sus expediciones agotó rápidamente las reservas del tan extendido enebro, pero, en un principio, los bosques propiamente dichos no se vieron afectados.
   En cierto modo, yo fui el responsable primero del subsiguiente daño inflingido a los bosques. Al comienzo de los años 60 hice un esfuerzo para ayudar a mis amigos serpas a construir escuelas, hospitales, puentes y traídas de agua. Para facilitar el transporte de los materiales de construcción hicimos un aeródromo en Lukla. Pero el aeródromo tuvo un efecto inesperado: hizo mucho más fácil el acceso a la región del Everest y, al incrementarse el número de excursionistas y turistas, aumentó la demanda de combustible.
  Los años 70 fueron un período de tremenda expansión en el Khumbu. Cinco mil extranjeros al año visitaban la región del Everest, y por cada extranjero, había tres empleados nepalíes que no eran de la zona. Cada año venían al Khumbu 20.000 personas; una carga considerable que añadir a las 3.000 que formaban la población local. Se construyeron docenas de pequeños; abundaban los salones de té y las cervecerías; el bazar semanal de Namche estaba atestado de cientos de vendedores ambulantes nepalíes que ofrecían comida y combustible a los visitantes y sus porteadores, y los bosques resultaban dañados a medida que se intensificaba la demanda de leña y de madera para la construcción.  





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