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Abocados al chabolismo

 

La pobreza, 3º capítulo

 
El número de asentamientos en Valencia ha repuntado en los dos últimos años
 
Pilar Almenar Vara, Valencia 8 JUN 2013 - 17:29 CET
 
 

 Un grupo de chabolas en el solar de Jesuitas en Valencia. / Tania Castro
 
Cables, una olla rota y algunas barras metálicas son los tesoros que ha encontrado hoy Simona, de 36 años, y por los que conseguirá, con suerte, unos cinco euros. Empuja su carrito de vuelta a casa, donde la esperan sus tres hijas y su marido. Para entrar no necesitan llaves. Su hogar no tiene puertas. Viven desde hace tres meses en la nave abandonada de Bombas Gens, cercana al centro de Valencia. Vinieron de Rumanía hace seis años y según les han permitido sus escasos ingresos como temporeros agrícolas, han ido dando tumbos entre distintos pisos, y distintas chabolas, en un esfuerzo continuo por aferrarse a un cable que les permita salir de la pobreza.
 
"A principios de año vivíamos en un piso en Alicante. Era una casa barata que costaba 200 euros al mes sin fianza”, cuenta Simona. Pero el lugar donde vender la chatarra estaba a varios kilómetros y no tenían cómo llegar. "La última semana no teníamos ni pan siquiera". Al volver a Valencia las cosas no fueron más fáciles. "Yo le digo a la asistente social: No quiero dinero, dame trabajo. No me importa trabajar duro, ya lo hago. Cuando se tiene trabajo todo se arregla". Simona llora delante de sus hijas cuando piensa las penurias que pasan: “Todas las noches las paso sin dormir vigilando que a mi niña de cuatro años no le muerdan las ratas”.
 
El número de asentamientos chabolistas en Valencia ha repuntado en los últimos años, desde los 13 que el Ayuntamiento calculaba en 2011 hasta los 16 que registra en 2013. Hasta 564 personas viven sin las mínimas condiciones de habitabilidad en la ciudad, según datos municipales. Las cifras muestran una funesta combinación: En los dos últimos años hay más familias viviendo en condiciones precarias, menos pisos ocupados y más asentamientos chabolistas. Los más necesitados están migrando hacia la calle. De manera individual o colectiva, pero cada vez más visible, cientos de personas duermen cada día a la intemperie.
 
"La mayoría de personas que viven en asentamientos son población extranjera porque detectamos que la población española, por el momento, tiene otro tipo de redes de apoyo", explica Teresa Navarro, miembro de Cruz Roja. Las comunidades rumana, búlgara y magrebí son las más habituales en los asentamientos en los que interviene la asociación. Nazaret, Malvarrosa y Quatre Carreres son los distritos con mayor número de infraviviendas, según datos del Ayuntamiento de Valencia.
  
En pleno centro de la ciudad, 20 personas viven en un grupo de chabolas en el llamado Solar de Jesuitas. A escasos metros de un gran centro comercial, el chup-chup de la cazuela en la que hierven cortezas de cerdo para comer. Sirve de banda sonora a la historia de Salí (37 años), padre de familia rumano que vino a Valencia hace un par de años buscando un trabajo. Pero llegaba tarde. La crisis ya había empezado y escaseaban las oportunidades, así que ha acabado durmiendo en la calle y deseando que la chatarra le permita ahorrar los 100 euros que, dice, cuesta el autobús para volver a su país.
 
La estrategia municipal para solucionar el problema del chabolismo, con un presupuesto de 588.000 euros en 2013, parece no estar siendo suficiente. El Ayuntamiento de Valencia contrata, por 194.000 euros anuales, a una empresa para diagnosticar el problema y realizar el Censo de Vivienda Precaria. A través de ese diagnóstico adjudican viviendas sociales a las familias que no pueden acceder al mercado inmobiliario. Con 564 personas viviendo en condiciones precarias, la Concejalía de Bienestar Social dispone solo de 7 viviendas municipales pendientes de adjudicación, según datos del Consistorio. Las organizaciones de ayuda social proporcionan una asistencia clave ante la saturación municipal.
 
"Hay poco trabajo y los ingresos que obtienen de la chatarra son muy pequeños y muy irregulares", explica Carmen Allendes, miembro de la Asociación Amigos de la Calle. "Hay que ayudarles a hacer muchísimos trámites porque tienen la dificultad del idioma y son analfabetos administrativos", añade. Teresa Navarro, miembro de Cruz Roja, describe el principal escollo: "El empadronamiento se necesita para casi todo. Para escolarizar a los niños se necesita estar empadronado y para estarlo se necesita una escritura de un piso, un contrato de alquiler o facturas que indiquen dónde vives. Pero ¿cómo van a presentar eso las personas que viven en la calle?". La calle es un bucle del que cada vez es más difícil salir.
 
Desde que se derribó el asentamiento chabolista de Bonrepós, el pasado mes de enero, sus cerca de 200 habitantes se convirtieron en forzosos nómadas urbanos en busca de techo. Algunos de ellos recalaron en el abandonado edificio de la fábrica de Bombas Gens.
 
Entre toneladas de escombros, barridas meticulosamente despejando el camino hacia el interior, cerca de 25 personas conviven con la miseria en la nave. Las cortinas blancas en las ventanas de esta improvisada comunidad de vecinos indican que sus habitantes se resisten a perder la dignidad.
 
Hasta 564 personas viven sin condiciones de habitabilidad en la ciudad
 
"Hace poco sacamos de aquí a una familia con una niña de 11 meses y ahora están viviendo en un piso en Sagunto", explica Carmen Allendes a escasos metros de Mireia (15 años) que la mira sentada en un sillón hecho girones. Empezó a ir al colegio cuando llegó a España con su familia, pero la vida nómada de su familia ha impedido que continúe escolarizada. "Mireia es muy participativa. Hicimos un curso de alfabetización y nos cantó y nos hizo una actuación", cuenta Carmen.
 
Pero Mireia tiene una visión más rotunda de la realidad: "Quiero irme a un centro de menores porque aquí no puedo vivir. Aquí las mierdas me comen la espalda. No tengo colegio y no puedo hacer nada más que buscar chatarra y cosas. Me gustaría saber escribir bien, encontrar un trabajo… no quiero vivir así toda la vida".
 
Amigos de la dignidad
 
P.A.V., Valencia
 
Cada domingo, desde hace seis años, la asociación Amigos de la Calle peinan la ciudad en cinco rutas para dar comida, ropa y apoyo a las personas sin hogar. La asociación proporciona asesoramiento y asistencia a las familias en condiciones más extremas. “A finales de 2007 conversando en una reunión familiar en mi casa pensamos que había que salir a la calle a repartir bocadillos y café entre la gente que vivía en la calle porque estaba empezando el frío. Lo primero que organizamos fue una ruta para hablar con ellos y ver si querían ayuda. ¡No podíamos llegar e imponérsela!”, cuenta Carmen Allendes, una de ls fundadoras de esta asociación sin fines lucrativos. “Ahora tenemos un acuerdo con ellos y saben que vamos a llegar. Hay un vínculo. Saben que hay alguien que no les va a fallar y para la gente de la calle esto es muy importante”. Tienen su sede en un bajo situado cerca de la calle del Doctor Manuel Candela y el número de socios, de diversas nacionalidades, supera ya los 70.
 
La primera parada de su itinerario dominical es la calle Beato Gaspar Bono, junto al jardín botánico de Valencia, donde cerca de 150 personas acuden buscando algo que llevarse al estómago. “El top del ranking, según sus preferencias, es el bocadillo de pollo. Hacemos diferentes tipos para que ellos tengan la opción de elegir, por dignidad”, cuenta. Los miembros de la asociación son ciudadanos que prestan su tiempo y su trabajo de manera voluntaria. "Todo suma: el que viene a conversar, el que trae unos zapatos…".
 
La de Carmen no es la única asociación que trabaja para sacar a las personas de la calle. Muchas organizaciones, pequeñas, medianas y grandes llevan tiempo dedicándose a los más necesitados. “Estamos ante un desastre social y si no nos ponemos las pilas todos, esto irá a más”.
 
  Fuente; aquí






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